De niño tocaba la lira y cantaba; más tarde, ya de adulto, fue un protector constante y
generoso de los músicos. Amaba apasionadamente el ejercicio fuerte, la caza, correr y
los juegos de pelota y se consideraba un corredor de nivel olímpico.
Su padre, Filipo II de Macedonia, dio los primeros pasos para forjar un Imperio que
culminaría Alejandro Magno en tan sólo trece años y que se extendía desde Bulgaria
al norte, hasta la India al este; conquistando todo el Próximo Oriente y parte del norte
de África (casi toda Libia y Egipto). Este vasto Imperio abarcaba la región sureste del
continente europeo, Asia Menor, Próximo Oriente, Egipto, Mesopotamia, Persia y parte
de India. En total más de 5.250.000 Km2 en tres continentes distintos. Un hito que
nadie había logrado antes.
Su primer maestro fue un pariente de su madre llamado Leónidas, hombre de austeras
costumbres que educó a Alejandro en la sobriedad. Posteriormente, cuando Alejandro
contaba catorce años, Filipo confió su educación al filósofo Aristóteles que se hizo
cargo de su educación durante tres años (343-340 a. C). Maestro y discípulo se
instalaron en Mieza, donde se impartieron clases de filosofía, política, literatura,
retórica, historia, geografía y medicina. Aristóteles suscitó en Alejandro una gran
pasión por el cultivo del espíritu y concretamente por la lírica, la tragedia, y de modo
muy especial la antigua gran epopeya homérica. Alejandro sintió siempre una gran
veneración por la “Ilíada”, que le instruyó en muchos aspectos, y de la que llevaba
siempre consigo un ejemplar.
En 337 a.C. se agriaron las relaciones entre padre e hijo a consecuencia de haber
aquél repudiado a su esposa Olimpia y buscado nueva consorte en la persona de
Cleopatra, sobrina del general Atalo. Con este motivo hubo varios altercados entre
Filipo y Alejandro. Este llegó a marcharse al Epiro, en pos de su madre; pero aunque
luego regresó a Pella, ya no reinó entre padre e hijo el buen acuerdo de antaño.
Esta situación tuvo un fin inesperado. A principios de agosto de 336, y cuando Filipo
se hallaba festejando la boda de su hija Cleopatra, hermana de Alejandro, la espada
de Pausanias le arrebató la vida. En tan nefasto día, Alejandro supo mostrarse digno
de su futura gloria. Apoyado por los generales del ejército, especialmente por Antipáter
y Pérdicas, Alejandro, que tenía entonces veinte años, supo mantener a salvo la
autoridad del Estado, tener a raya a los nobles (eximiéndoles del pago de impuestos y
dándoles los cargos más honoríficos del ejército) y captarse la simpatía del pueblo.
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